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El final de un sueño

La última noche fue imposible dormir. El calor, los mosquitos, el chaparrón, el leve va y ven de la casa de José y María Luisa y la promesa que a las 04:00am el transporte colectivo de Pepe vendría por nosotros, eran demasiadas emociones como para pegar un ojo. Exitados y confundidos veíamos pasar el tiempo con la melancolía que se acumula cuando empieza el final de un viaje.

Para las 4:00am la lluvia había pasado. Un infinito cielo de estrellas titlilaba sobre el agua quieta. Ahora me doy cuenta que ese reflejo sustituye el sonido de los grillos inexistentes en el lugar. Nos sentamos en el porche sin ninguna espectativa de apareciera Pepe con su “Manuelita Saenz”, disfrutando del paisaje en silencio.

Primero un lejano ronroneo entrecortado, después el sonido del motor se hizo más presente, reflejos de una linterna entre las casas… la “Manuelita Saenz” llegaba del más allá; una mancha negra en la oscuridad, con esa puntutlidad que tienen los hechos que son inevitables, sacudiendo el mar de estrellas, poniéndole fin a la fantasía para dar espacio a lo real.

Casa por casa, la “Manuelita Saenz” recorría el poblado recogiendo vecinos que iban a Sitio Nuevo, Soledad o Barranquilla a hacer trámites, ir al médico o buscar algún repuesto para los “Jonhson”. En popa, con la tranquilidad de quién lo ha hecho incontables veces, Pepe llevaba el timón. En proa, su hijo colaboraba en las maniobras de atraque en cada casa. Durante la ronda nos tomó el amanecer. Bandadas de pájaros abandonaban el pueblo en búsqueda de una nueva jornada en el manglar. La lancha se fue llenando. Varias personas que habíamos conocido durante la semana de investigación compartían el viaje con nosotros, nos saludábamos con simpatía, cabeceando de lejos. Una despedida perfecta escrita por un Dios juguetón y caribeño, a bordo de esta canoa donde las conversaciones cruzadas los gritos y chistes nos acompañaron hasta que en medio de la ciénaga empezó a ganar el sueño.

Dejamos atrás la laguna. Una bandada de garzas blancas nos despidió. Nos adentrarnos en un río serpenteante. Un paraiso de iguanas que tomaban sol sobre las ramas, una tropilla de vacas se bañaba entre la batata (camalotes), un caimán dormía a la sobra entre las ramas. Después de una hora, la canoa se detuvo en un improvisado apostadero. Un camión esperaba desde siempre. Cambiamos el medio de transporte para recorrer un pasisaje que me recordaba a películas de África y Viet Nam. Inmersos en una nube de polvo llegamos a la plaza de Sitio Nuevo. Allí, del otro lado del muro, el río Magdalena cruza a todo trapo despues de atravesar Colombia. Una pequeña lancha nos llevó a Sabana Grande, del lado de enfrente, sobre el departamento del Atlántico y allí mismo un bus nos dejó en la entrada del aeropuerto. Sin duda estábamos comenzando una nueva etapa, ahora a la distancia menos ingenua, más concreta que todo lo imaginado hasta ahora. Ahí estábamos como cuando  se despierta de un sueño, con la necesidad de empezar a escribir antes de olvidarlo todo para siempre…

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